EDITORIAL

Las satisfacciones provocan alegría y están llamadas a ser compartidas. Y la alegría suele ser contagiosa; puesto que irradia, se difunde, ilumina. Sobre todo, cuando la entregamos de corazón a quienes nos rodean, más aún, si se trata de camaradas y amigos con los que compartimos causas comunes.

Nuestro CPEAC ha cumplido sesenta años. Lo hemos celebrado como corresponde, con bombos y platillos, como suele decirse, a fines de marzo, en una cena a la que quisimos darle el realce que la ocasión merecía. Este evento nos ha provocado una alegría para ser expresada y repartida con cariño entre los socios y amigos que nos acompañaron en esta conmemoración.

Durante la ceremonia, dos fueron los mensajes principales expresados por el directorio a los asistentes.

El primero es que, siendo el CPEAC el resultado de una historia hecha a punta del esfuerzo y entusiasmo por parte de nuestros precursores, nos enraizamos en ella y en los valores heredados de padres y abuelos. El homenaje y reconocimiento a quienes forjaron las bases de nuestra institución era un deber moral de fidelidad. Recordar su trabajo y despliegue no hacía otra cosa que reforzar nuestros propios cimientos, encausar la actividad presente en esa identidad permanente que legitima el actuar de todas las organizaciones de la diáspora de Chile. Los nombres de aquellos generosos precursores están y seguirán estando presentes entre nosotros y entre los que vendrán después. Hacia ellos quisimos transmitir la primera parte de nuestro mensaje institucional como un gesto de esta generacion que hoy los honra y agradece.

La historia que recogemos de estas seis décadas nos plantea también una serie de desafíos. Y ese fue el segundo aspecto de nuestro mensaje. La actual generación que dirige y participa en el CPEAC está llamada a integrar a otras más jóvenes, de manera a perpetuar el legado recibido. Y nada mejor que un momento de solemnidad como este, para reflexionar en torno a estos desafíos y transformarlos en ejes de futuro. Estamos innovando en nuestros métodos de comunicación y prácticas, procurando integrar a nuevas generaciones.

Somos conscientes de que el lazo identitario que une a los mayores de nosotros con Croacia, ya sea a través del idioma materno o, simplemente de la cultura expresada por padres y abuelos, la que se reflejaba en tradiciones culinarias, canciones, cuentos, dichos populares, historias de pueblos... se han ido perdiendo con el tiempo. Para los jóvenes de cuarta y quinta generación que llevan un apellido croata y que, de alguna manera, se sienten pertenecer a la nación croata, la identidad debe ser descubierta en otros aspectos. Interesarlos en la historia, el idioma, en el establecimiento de intercambios de nuevo tipo y de redes de contacto, sensibilizarlos en la pertenencia a una nación que, siendo milenaria, es singular, ya que está conformada por los habitantes de dentro y fuera del territorio, y que a ella también pertenecen.

Los sesenta años nos dan vida y fuerza. Nuestro deber es consolidar lo realizado e impulsar acciones de futuro, en lo posible, en forma mancomunada con las demás instituciones de nuestra comunidad. El esfuerzo venidero estará entonces centrado en la transmisión de valores y en la innovación de nuestra organización.

Frente a la crisis preocupante que vivimos a nivel planetario, ojalá que abril sea el mes en que baje la tensión y que nos acerquemos a la paz que anhelamos.

Sesenta años: historias y desafíos de futuro

El mundo actual vive una época de gran incertidumbre. Por lo repetida, la frase podría resultar hasta banal. Sin embargo, al ampliar nuestra mirada, observamos con consternación su cruel y trágica validez. Cual funámbulos en ejercicio, pareciera que caminamos por la cuerda floja tratando de mantener un frágil equilibrio, mientras, desde la altura, apuntándonos, cuelga con peligro una espada de Damocles.

Enderezar nuestra marcha es lo primero, esquivar la caída eventual de la espada lo segundo. En eso estamos por estos días, al menos tratando de hacerlo; y lo asumimos con optimismo. Crear algunas certezas pareciera indispensable y, ayudarnos, complementa y endulza ese camino.

Vistas desde esa perspectiva, es entonces dentro de este entorno que se sitúan nuestras pequeñas acciones institucionales. Pertenecemos a una comunidad que, recogiendo la historia legada, con todos sus avatares y causas, mira de frente el futuro, para sortear escollos y encaminar sus pasos hacia horizontes más certeros.

La pertenencia a un pueblo milenario, orgulloso de su historia, dispenso en partes casi iguales entre quienes habitan su territorio y los inmigrantes, hijos y nietos radicados en decenas de países, es una ayuda al equilibrio y es generadora de certezas. Hay pocos ejemplos en el mundo en los que, a pesar del paso de los años y la lejanía geográfica y cultural entre los países de residencia, las comunidades del exterior se sientan tan unidas a la nación ancestral. Las actividades son muchas y variadas, en todos los ámbitos, la cultura croata vive en esas comunidades e irradia su influencia en los países de residencia, donde sus descendientes ocupan diversas y destacadas funciones dentro de la sociedad chilena. Es así, como nuestras pequeñas acciones institucionales se hacen grandes y se multiplican.

A la pregunta recurrente de saber cuántos somos actualmente en Chile, respondemos que es imposible saberlo con precisión, pero que no es lo más relevante. Doscientos o trescientos mil, tal vez más, según a quiénes contemos y hasta qué generación lo hacemos; pero somos muchísimos los que nos sentimos pertenecer al pueblo croata. El abundante trabajo que despliegan las instituciones de la comunidad chileno-croata da testimonio de esta pertenencia.

El sentido de nuestras acciones debe ser visto entonces con esta perspectiva: contribuir a dar vida a nuestra pertenecía, favoreciendo el acercamiento —que es una suerte de encuentro permanente— con Croacia. Nuestra actividad permite dar una mejor visibilidad a Croacia en Chile, crea lazos con otras instituciones, generar camaradería y solidaridad entre los miembros, dar vida y legitimar en la práctica las relaciones entre dos países que comparten principios y valores.

Al conmemorar nuestros sesenta años de existencia este mes de marzo, reflexionar no solamente acerca del contenido de las acciones realizadas, sino de su vigencia y sentido, es entonces necesario.

La cena de aniversario del 26 de marzo —a la que, por cierto, les esperamos— será una excelente ocasión para celebrar y dar aún un mayor sentido a lo que juntos hacemos y proyectamos.

Pertenencia y sentido